El honorable Juez


Remontándonos a la primera configuración de la Corte Suprema de la Nación, concretada bajo la presidencia de Mitre en 1863, nos encontramos con un sombrío personaje: Salvador María del Carril.  Retratado por la pluma de Lucio V. Mansilla como un hombre de “estudiada sencillez”, con manos “pulcras, cuidadas las uñas color rosa, ni cortas ni largas, lo mismo que las de una dama de calidad”, manos que daban “frío al tocarlas, un frío que venía muy de adentro”; sus labios “algo gruesos, casi siempre un poco apretados, como para que no se escaparan sus secretos”… Sobre todo cierto secreto que vio la luz hacia el final de sus días, convirtiéndolo en espectador de su propia ruina.

Su experiencia en “la cosa pública” comenzó en 1820, figurando al frente de grandes empresas como la gobernación de San Juan y el cargo de Vicepresidente de la Confederación durante el mandato del General Urquiza; pero también hubo otras de memoria menos grata, como el papel de consejero de Lavalle para el fusilamiento de Dorrego. Información que del Carril pretendió llevarse a la tumba sin éxito.

Así, en 1880 el historiador Ángel Justiniano Carranza encontró las cartas que Salvador María envió a Lavalle presionándolo para que terminara con Dorrego, exigiendo además que tras leerlas las eliminara. En ese año, aún vivía del Carril y era nada menos que el Presidente de la Suprema Corte de Justicia. La publicación a través del diario “La Nación”, causó sensación y un verdadero escándalo, pues en las mismas podía leerse al honorable juez confesando que “si es necesario mentir a la posteridad, se miente…”. Instigador y cómplice del primer crimen político nacional, nuestro protagonista no se pronunció al respecto y falleció dos años más tarde.

Al morir, su viuda recibió parte de la enorme fortuna y desde entonces dejó de sufrir la miseria a la cual la tenía sometida su cónyuge. Tiburcia,  había dejado de hablarle hacía veintiún años, ya que del Carril por medio de una carta enviada a los diarios, comunicó a los acreedores de su mujer que no pensaba hacerse cargo de sus deudas. Como última voluntad, ella pidió que su busto fuese colocado de espaldas a él, porque seguiría enojada, aún después de la muerte. En la actualidad constituyen una de las historias más interesantes que los guías del Cementerio de la Recoleta sacan de su galera.  Años más tarde la nieta de ambos, Delia del Carril Iraeta, sería esposa de Pablo Neruda, pero esa es otra historia.

Dejando de lado por completo su vida privada y haciendo hincapié en su desempeño público, horroriza comprobar en manos de que tipo de magistrados ha recaído el poder judicial de nuestro país desde el mismo momento de su conformación.

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Tumba de Salvador María del Carril y su esposa Tiburcia

Tumba de Salvador María del Carril y su esposa Tiburcia

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10 comentarios en “El honorable Juez”

  1. Maxi Aringoli Says:

    Que bueno que es enterarse de estas cosas. Muchas gracias.

  2. Lucio Matias Coronel Says:

    Sabia lo de su hija, que fue esposa de Pablo Neruda,pero no sabia lo de su mujer…muy buena historia….en Salta hay un pueblito que lleva su nombre

  3. ar Says:

    Como siempre Kalipolis expone un interesante caso hurgando en la historia con una vision no maniquea y con una excelente descripcion. Esta clase de personajes dejo huellas y seguidores en nuestra dirigencia politica. Los verdaderos hacedores de la Patria fueron dejados en una vitrina y pocos por no decir ninguno siguio sus ejemplos. De los personajillos tenemos muestras diarias de Zaffaronis,Camporas..Righi y tantisimos que da escalofrio nombrar.
    Excelente y clara vision descripta por la historiadora.

  4. el sicario de narradores ad honorem Says:

    excelente este blog. te dejo un saludo.

    pd. te queda el link del mío

  5. Andrés Says:

    Siempre me llamó la atención algo: tanto en los medios de comunicación como en el lenguaje cotidiano se suele utilizar la palabra “justicia” para hacer referencia al “Poder Judicial”. Pareciera que en el inconsciente colectivo se sobrestima a los jueces, asociándolos con un ideal y con un valor que está muy por encima de lo que son capaces de llegar los hombres.

    Un juez, es un simple mortal que interpreta la ley según el prisma de su propia ideología. Son elegidos por políticos, y el criterio más importante de selección no es su “mérito académico” (concepto que en el caso de los magistrados para mí no tiene mucho sentido ya que no existe una forma “objetiva”, “imparcial”, “correcta”, de aplicar la ley), sino que su visión general del Derecho y de la política no sea contradictoria con la acción del gobierno de turno. En EE.UU. la cosa está más clara, ya que abiertamente se habla de jueces “conservadores” (pro republicanos), y jueces “liberales” (pro demócratas). También se dice que otro criterio de selección es que el futuro juez tenga algún “muerto en el placard”, cosa de poder manipularlo o extorsionarlo mejor cuando sea necesario.

    Entonces, los jueces no son más que funcionarios públicos que están tan ideologizados, y pueden ser tan corruptos como cualquier otro funcionario de la Administración Central. Lo que pasa es que de cierta forma están ficticiamente “sacralizados”, al identificarlos con la “justicia” (divina). Así como, para darle legitimidad a los sistemas políticos antiguos se asociaba a los Faraones y Reyes con los Dioses, aún hoy y a menor escala sucede algo similar con los jueces. No es lo mismo decir “la ley x es constitucional porque lo dijo la justicia”, o “el ministro Fulanito es inocente porque lo dijo la justicia”, o “el cuco de turno es culpable porque lo dijo la justicia”, que la misma frase pero cambiando la palabra “justicia” por “el funcionario público Menganito perteneciente al Poder Judicial y elegido por el Presidente de la Nación Sultanito, el Gobernador Juancito, etc.”.

    La mitologización del Poder Judicial como el ideal de justicia sirve para darle legitimidad al sistema. Se debe hacer ver al Poder Judicial como “fuera de la estructura de poder”, fuera del “barro de la política”, porque si en el inconsciente colectivo se lo percibe como un elemento más del engranaje, no va a poder cumplir su función de legitimar los regímenes gobernantes y sociales de turno. Nadie puede pensar que se va a secar bien con la misma toalla con la que se tiró al río. Quizás por eso duele más cuando en las noticias aparece un caso de corrupción de un juez que un caso de corrupción de un ministro. Cuando un juez cae, también cae un mito.

  6. Carlos Says:

    Ja! Muy grosso. Un aire fresco en twitter se le agradece.


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