“Lo echaron” a a la frontera de allá no podrá volver…

Publicado enero 24, 2016 por kalipolis
Categorías: Anécdotas Breves


Cuando presentaron a Roca para su primera misión, Sarmiento -entonces Presidente- lo rechazó. Confesó años más tarde que creía más oportuno enviar a “un hombre más viejo y, si era posible, un poco feo”. Julio Argentino tenía 28 años y era hermoso.

Convencieron al sanjuanino las palabras de su Ministro de Guerra, Gainza: “Es un muchacho pero con cabeza de viejo”. Pronto fue iba camino al Norte. En ese momento Felipe Varela volvió a las andanzas, sin saber  “que en los senderos valientes sólo ha de hallar”. Roca lo venció y arrojó hacia Chile, donde murió poco después.

El general roto

Publicado noviembre 12, 2015 por kalipolis
Categorías: Historia Argentina


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Tras recibir quince sablazos el militar cayó hecho pedazos siendo ultimado, casi piadosamente, con una bayoneta. Los restos del héroe yacían desnudos, despojado de todo por el enemigo “pisoteado por la chusma y los caballos, entre el tendal espeso que la lanza ha sembrado a manos llenas” como señaló David Peña.

Pero aquél 27 de octubre de 1826 la batalla de “El Tala” no sería la última para Gregorio Araoz de La Madrid. Vencido y considerado muerto por las tropas de Quiroga, sus soldados lo rescataron moribundo de un zanjón. Había enfrentado solo a quince hombres de Facundo y terminó con tres costillas rotas, el tabique nasal quebrado, una herida abierta en el estómago, once en la cabeza y la pérdida de una oreja.

Creyéndolo muerto los soldados enemigos se alejaron, regresando horas más tarde para buscar el cadáver, sin encontrarlo. Así relata La Madrid el episodio en sus Memorias: “había sucedido con mi supuesto cadáver algo singular (…) me encontraron completamente desnudo, todo ensangrentado, privado de mis sentidos, y sin otra prenda que un escapulario de Mercedes que me había mandado mi señora de Buenos Aires y un pedazo de cordón con el que tenía colgado el reloj al cuello, regados con la sangre” Cuenta luego que sus hombres lo rescatan pero cuando se acercó un grupo sospechoso volvieron a dejarlo: “La partida nuestra huyó, y yo quedé abandonado”.

Pero regresaron y lo llevan a un rancho,  cuyo dueño buscó a un curandero santiagueño “hizo que este me curara las heridas, cortase un pedazo de la oreja que venía pendiente de un hilo, y cosiese la punta de la nariz que tenía caída sobre la boca”.

Días más tarde su nariz tuvo que ser cocida nuevamente pues en un descuido la tocó, por momentos sus hombres le sostuvieron las manos para que no volviese a atentar inconsistentemente contra la misma. En aquella oportunidad, perdió el conocimiento durante un mes.

Nació en Tucumán, en 1795.  En 1811, con sólo dieciséis años, Gregorio se unió al ejército del Norte. Desde entonces participó en Vilcapugio, Ayohuma, Venta y Media, Sipe Sipe, luchó juntó a San Martín y Belgrano.

Tras la independencia también participó en las batallas de La Tablada, San Roque, Oncativo y -después con la caída del General Paz- asumió el mando de su ejército contra los federales. Carecía de la capacidad necesaria y fue derrotado en Ciudadela por Quiroga. Se refugió en Bolivia, volviendo años más tarde para ser derrotado una vez más y exiliarse. Sin embargo se despediría de los campos de batalla triunfante, en Caseros.

A muy temprana edad contrajo nupcias con María Luisa Díaz Vélez, teniendo con ella trece hijos. Dos de estos fueron ahijados de Dorrego y Rosas. Aunque la vida los colocó en bandos opuestos y fue participe del ocaso de sus “compadres”, intentó convencer a Lavalle de no fusilar a Dorrego.

Entonces, por primera vez su valentía flaqueó, pues no tuvo coraje para verlo morir: “Nos abrazamos y bajé corriendo con los ojos anegados por las lágrimas”.

El anciano guerrero murió en 1857, tras escribir sus Memorias. La existencia de este “General Roto”, cuyo cuerpo fue uno de los más deteriorados por la lucha, es marginada por los estudiosos argentinos, conformando así parte del lado B de nuestra Historia.

Publicado en Los Andes – Sábado, 3 de octubre de 2015

El último caudillo radical

Publicado octubre 30, 2015 por kalipolis
Categorías: Historia Argentina


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Por Esteban Lo Presti y Luciana Sabina

“Raúl, dejá de hablar boludeces, me queda poco tiempo, entrá que tenemos que hablar de política”, le decía Jorjón Sabato cuando lo iba a visitar ya elegido presidente.

Muchos dudaron que aquél día por fin iba a llegar, aúnmás fueron los no creyeron que podía darse semejante batacazo al peronismo en las urnas. Pero se venía sintiendo en las calles durante los días previos a ese 30 de octubre.

Sus más cercanos colaboradores lo miraron con sorna cuando pidió que el acto de cierre electoral fuese en la mítica avenida 9 de julio. La más ancha del mundo (según dudosas mediciones locales). Debe haberse empacado. Exigiendo incluso que River devolviese la seña dada por el alquiler del estadio. Tal vez su contrincante fue el único en advertir lo que sucedería. Ese día, Luder pidió ir al interior -a un mitín en Chaco- y al sobrevolar la 9 de Julio murmuró: “cuanta gente”.

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Lo multitudinario de sus actos previos, le daba cierto cariz peronista. La gente enardecía vehemente: volvía la Democracia, se iba el horror y allí estaba él, como un bálsamo. Ese 30 de septiembre, un oportuno paro de colectivos quiso boicotear el inicio formal de la campaña radical, aún así fue uno de los actos más importantes de nuestra historia política. Los argentinos empezamos a abrazar al último caudillo radical.

Desde que Perón, entre 1943 y 1945, marcó los ritmos de una campaña política, no había existido otro liderazgo que hiciese algo similar. Transcurridas apenas unas semanas de la derrota en Malvinas inició su campaña,  corriendo con la ventaja de ser uno de los pocos que se opuso a la absurda guerra en el Atlántico Sur. Tras ese primer acto en la Federación de Box marcó el ritmo y la agenda política. Exigió que le saquen el polvo a las urnas, porque tenían que cumplir con su función: rebosar de votos.

Se rodeó de los mejores. En realidad, los mejores lo rodearon. No quisieron quedar fuera de la historia. Técnicos, intelectuales, artistas, deportistas. Pero sobre todo, gente de a pie. La misma que llegó de esa manera a Ferro porque no había colectivos.

Incorporó el marketing político, sin pudor, a la competencia electoral. Mientras, el peronismo seguía escribiendo con tiza y carbón su historia, el candidato radical se metía en la casa de cada argentino con una campaña moderna y precisa, con spots publicitarios de alta calidad. Campaña coordinada con maestría por David Ratto. Treinta años antes del timbreo macrista, Alfonsín iniciaba las reuniones tupper-ware política.

Esa noche de octubre confirmó lo que él siempre había sentido, cuando recibió una llamada notificándole que le enviaban la custodia presidencial. No haría falta negociar nada en el Colegio Electoral. Simplemente más del 50% de los votos lo habían convertido en presidente.

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El peronismo ayudó. Debe haber sido difícil esa noche en el comando de Luder. Nadie quería aceptar la derrota que, seguramente, presintieron un par de días antes. El peronismo no perdía elecciones, marcaba una regla no escrita de la política vernácula. Muchos de sus votantes les habían dado la espalda. Impensable. Pero cierto.

El 30 de octubre empezaba otra historia. Algunos creyeron que sería una de las tantas alternancias entre civiles y militares. Pero el mundo había cambiado. La URSS se desmoronaba, corría en una cinta sin fin como cobayo detrás de la zanahoria de la Guerra de las Galaxias, ese blef que Ronald Reagan les había regalado como un experto jugador de Poker. La tercera ola democratizadora llegaba a este hemisferio sur. EE.UU. necesitaba mostrar que en su patio trasero la democracia era posible. Los militares colaboraron también con su fracaso económico y militar.  Ya no garantizaban condiciones económicas viables para ser testaferros de la derecha argentina, que nunca había podido convertirse en un partido político competitivo. El peronismo los representaría en los noventa.

Alfonsín comprendió que el mundo cambiaba. Pero también que no podía ser una isla democrática en un cono sur rodeado de dictaduras. Argentina inició un efecto derrame. Su legado fue continental. La democracia se hizo posible en Uruguay, Brasil, Paraguay y Chile.

Entendió además que el Estado argentino no podía seguir siendo un paquidermo inmóvil. Intentó privatizar empresas, atraer capitales extranjeros para potenciar la extracción de petróleo con el plan Houston, el más ambicioso desde la época de Frondizi (no es casual que los más destacados dirigentes que se habían ido en los cincuenta del radicalismo habían vuelto con Alfonsín al viejo partido). Pese a las críticas, al final de su administración se había logrado el autoabastecimiento energético.

Solemos recordar su gobierno por la transición exitosa a la democracia. Por el juicio a las juntas militares y el legado de pluralidad. Pero sus principales transformaciones van por otro lado. Es hora de reivindicarles. Como Alvear, como Frondizi, en la mejor senda de los presidentes modernizadores del radicalismo, Alfonsín entendió que para que el país se inserte definitivamente en el club democrático, hacía falta modernizar la sociedad. Había que viajar, abrirse al mundo. De los jardines de la Casa Blanca a la URSS. De Cuba a España. Mostrar que Argentina podía ser un país normal. Que su legislación abandonaba el oscurantismo medieval con la sanción de la Ley de Divorcio o de la Patria Potestad Compartida. Que la transformación de las comunicaciones llegaba con la fibra óptica. Que la estabilización de la democracia no pasaba solo por poner presos a los dictadores sino, fundamentalmente, por transformar los planes de estudio de los Liceos Militares (donde el mismo había estudiado). Que el diálogo político era fundamental para potenciar a los partidos. Esos que lo acompañaron sin fisuras cuándo el sistema se la jugaba en abril de 1987.

Hubo muchos Alfonsín. Uno fue puntero, con todas las mañas que un puntero radical puede tener. Otro fue el político, el hombre que recorría los pueblos del país. El optimista que decía “cuando termines de recorrer cada pueblo, volvé a dar otra vuelta, al terminar te espera la presidencia”. También fue ese que –con poco más de una maleta y un par de papeles– recorría los juzgados para firmar Habeas Corpus mientras otros se enriquecían a costa de las víctimas. El despelotado que hacía volar los cheques en los comercios del pueblo para llevar un mango a la casa.

No fue un hombre perfecto. Sus ideas, en algún momento, también quedaron viejas. Por ejemplo, por los noventa, se aferró a un neo populismo económico que no se hubiese permitido durante su gobierno. Al mismo tiempo que protagonizaba el último pacto político del siglo XX. En el que rifó capital político a cambio de acuerdos a largo plazo.

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El cáncer se lo fue llevando de a poco. “Marito, no te vayas si me quedo dormido, esperame que tenemos que seguir hablando de política”, le decía a Mario Losada cuando lo visitaba en su casa, mientras la morfina hacía escasos efectos sobre sus dolores terminales.

Con la enfermedad llegaron los reconocimientos, los homenajes, la conciencia de que se nos estaba muriendo Alfonsín y nos dejaba un poco huérfanos a todos. Si, a todos porque su legado no fue teñido de dogmas partidarios. Aquel 1 de abril de 2009 los argentinos, sin importar el color político, nos agolpáramos en el Congreso para despedirlo y abrazarlo, como sólo los pueblos hacen con sus grandes hombres.

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No siempre fue el peronismo, ni usted es un estúpido

Publicado octubre 17, 2015 por kalipolis
Categorías: Historia Argentina


John Sunday

Por Nicolás Lucca y Luciana Sabina 

Que a mi abuelo lo echaron del laburo por no ponerse de luto cuando falleció Evita, que al mío lo sacaron de la pobreza y le dieron dignidad de clase media, que eran populares, que eran populistas, que estaban a favor de los nazis, que ayudaron a Israel cuando estaba naciendo… Hablar de peronismo es igual que discutir a Dios: no hay forma de hacerlo sin despertar polémica. Postular al peronismo como mentor de nuestras tragedias culturales, políticas, sociales y económicas evidencia un pensamiento rústico e indocto; pero sobre todo constituye una verdadera aberración historiográfica por desconocimiento o, en el mejor de los casos, por comodidad, ya que es más fácil tener un objetivo claro al que culpar. La historia es una ciencia y como tal existen pautas de consenso mundial para su estudio y una de estas es trabajar considerando tres tiempos: corto –coyuntura y sucesos fácilmente observables por el hombre–; medio –abarca años y se trata de las estructuras económicas, políticas, ideológicas, etc– y largo, donde está lo profundo de cada sociedad, pues constituye el tiempo de las mentalidades y abarca siglos. Así, nuestras falencias cívicas surgen muchísimo antes de que naciera Juan Domingo Perón.

Es sabido que todo gobierno que pretenda mantenerse en el poder buscará reflejar las características del pueblo que lo eligió en ese tiempo y espacio. Si se los observa desde los tres tiempos, cada líder es coyuntural. Dorrego, Rosas, Lavalle, Quiroga, Roca, Yrigoyen y Perón –por nombrar a algunos- fueron la manifestación de un pensamiento profundo que se mantiene a lo largo de siglos. Ocuparon el espacio que teníamos reservado para ellos.

En muchas oportunidades escuchamos culpar al peronismo de la incapacidad argentina para respetar las reglas democráticas y permitir violaciones institucionales de todo tipo. Sin embargo, en su análisis sobre el carácter de nuestro pensamiento y comportamiento político, José Luis Romero demostró que los argentinos somos autoritarios y no cumplimos con la ley, independientemente de quien nos lidere o lo haya hecho en el pasado. Es como una suerte de rebeldía permanente a violentar cualquier norma, por mínima que sea, con tanta naturalidad que ni se piensa. La contraparte de esta actitud, es un autoritarismo pretendido inconscientemente por las masas, como el chico que busca el límite. Perón fue un hombre de su tiempo y, a la luz del siglo XXI, resulta anacrónico su forma de ser, no así su pensamiento político, discutible o no, pero que en varios aspectos siguen vigentes para distintas problemáticas modernas. Y como hombre de su tiempo, supo capitalizar la moda de sus años. El Estado de Bienestar no fue un invento argentino: era la norma. De Estados Unidos para acá, el Estado se hizo presente a mediados de los años ‘30 para reactivar la economía tras el colapso económico de 1929, en algunos casos, o para reconstruirse tras la Gran Guerra, en otros. Con actitudes más o menos déspotas, más o menos democráticas–todo depende del lugar del mapa que se observe–, el Estado paternalista proliferó en el mundo occidental. El Peronismo no fue la excepción: era parte de la norma.

Romero, que a pesar de haberse hecho un buen lugar entre los intelectuales a partir de la década del ´40 no se caracterizó, precisamente, por su simpatía al peronismo –hasta fue perseguido, según señaló su hijo en recientes declaraciones radiales– ubicó el origen de la característica autoritaria argentina durante la Colonia, específicamente bajo el reinado de los Austrias. Sostuvo que las condiciones de la llanura creó en los que la poblaron “una singular psicología”. Al estar en constante peligro la falta de reglas de convivencia con las tribus aborígenes “no incorporadas”,  lejos de los centros urbanos y fuera de todo control del Estado, se vieron “forzados a bastarse a sí mismos”. Y esto abarcó “tanto el colonizador que residía en ella como la peonada criollo-mestiza y aún indígena aquerenciado”, quienes adquirieron “un aire bárbaro”. Romero sostuvo que “sólo la fuerza individual aseguraba el uso legítimo del derecho y aún la conservación de la vida”, por lo cual “el propietario se hacía despótico” y “nada se imponía a su prepotencia, porque la acción del Estado apenas llegaba hasta él”.

Buenos Aires, como cabeza del virreinato, y las provincias que dependían directamente de su puerto, estaban lejos de toda regulación. Básicamente, éramos el patio de atrás del imperio, donde todo valía para el que tenía, donde nada servía para el que obedecía. Así, las leyes no se cumplían sin recibir sanción alguna y se esgrimía al famosos “se acata pero no se cumple” en relación a la legislación que llegaba del Viejo Mundo.

Finalmente, para Romero existe una tercera matriz que sirvió de base a nuestro espíritu autoritario: nuestra querida y siempre presente Iglesia que, por entonces, tenía tanto poder frente a los organismos estatales –y, suponemos, estaba mejor organizada– que hasta la vida quedaba documentada en sus libros. La Iglesia competía por el control, algo que no podía suceder sin que se genere algún que otro conflicto jurisdiccional que los Estados resolvían de un modo que nadie calificaría de pacífico, como expulsar a una orden entera, por poner un ejemplo. Sin embargo, del lado de la ortodoxia católica, existía algo que Romero califiicó como una “dictadura espiritual”.

Con tamaña gestación, nacimos como pueblo irreverente en todas las esferas de la vida social y no podemos culpar de ello a un movimiento político que apareció siglos más tarde. Si a ello le sumamos que el grueso de la inmigración que recibió nuestro país en la primera mitad del siglo pasado provenía de países que generaron un Primo de Rivera o un Benito Mussolini, el combo era perfecto.

Argentina no nació el 17 de octubre de 1945, ni en el Golpe del ‘43. Pensar que el análisis de ese periodo puede justificar nuestro presente es extremadamente superficial, carece de sustento científico y validez, aunque pueda resultar en una guerra de argumentos interesante para quien nos vea de afuera. Culpar al peronismo de todas nuestras falencias no es muy distinto a culpar al peronismo de todas nuestras desgracias: es acomodar la realidad histórica a un relato, es buscar la culpa en el otro, es acomodar nuestro pasado a lo que deseo demostrar.  

Durante los últimos años numerosos textos han dedicado al movimiento justicialista millones de páginas atiborradas de una supuesta imparcialidad imposible de alcanzar dado que, como dijimos al principio, nadie puede escapar a tener una posición tomada frente al peronismo, ni siquiera nosotros mientras escribimos estas líneas. Lejos de analizarlo en su totalidad, con contadas excepciones, estos estudios parecen querer demostrar la incompatibilidad del peronismo con la civilización, por lo cual le toca el casillero de la marginalidad institucional de nuestra historia. Sin embargo, ninguno de esos trabajos puede explicar de un modo lógico la popularidad real de Perón sin recurrir al abuso de la propaganda o a la obligatoriedad de la afiliación.

Sí, hubo un peronismo plagado de virtudes y, al mismo tiempo, lleno de contradicciones, abusos y excesos que, analizados desde la comodidad del siglo XXI, nos resultan escandalosos. El tema es que, más allá de las ridículas campañas propagandísticas, existe una generación entera a la que no hay forma de borrarle aquellos años de sus retinas. Buena parte de la clase media de estos años, instruida, informada y profesional, es hija de una clase media venida a menos o de más abajo, a la que los años en los que gobernó Perón les cambió la vida. ¿Habría pasado de todos modos, como plantean algunos? Puede que sí, pero al ver la actualidad del resto de los países latinoamericanos en los que se produjeron sucesos similares, y la actualidad de la Argentina, a la que añares de improvisación y corrupción sistemática no lograron hundir en el fondo del océano, hacen sospechar que algo influyó la gestión política de aquel entonces.

Ocho mil escuelas, más de quinientos hospitales –de los de verdad, esos que tienen médicos y funcionan– usinas y centrales hidroeléctricas, diques, miles de kilómetros de rutas y autopistas –de las que sirven aún después de inauguradas–, aeropuertos, tendidos eléctricos y gasoductos formaron parte de las más de 76 mil obras públicas que el gobierno de Perón llevó a cabo desde enero de 1946 hasta que unos problemitas con las Fuerzas Armadas lo despacharon en septiembre de 1955. De esas 76 mil obras, cerca de 70 mil se llevaron a cabo en el interior del país y no incluyen el medio millón de viviendas construidas con materiales nobles, ni los hogares escuela, los geriátricos estatales, los asilos de tránsito para mujeres solteras, ni los asilos para inmigrantes.

Es cierto que muchos de los derechos consagrados que se le atribuyen al peronismo ya se venían discutiendo por otras fuerzas, pero el gobierno de Perón le dio tanta institucionalización que en la contrarreforma constitucional de 1957, no pudieron borrar los derechos adquiridos. Asimismo, la gestión de aquellos años llevó a cabo una reforma del Estado sin precedentes, en el que se creó la Policía Federal, las delegaciones en cada provincia, y se llegó a tener la tercera flota mercante más grande del mundo. La reestructuración del Estado en pos de la infraestructura llevó a lo que la mitología peronista presenta como la “nacionalización de los ferrocarriles en manos del imperialismo”, pero que en realidad consistió en un mero acto administrativo para frenar el drenaje de guita. Sí, para dolor de cabeza del peronista del siglo XXI, el equipo del General reformuló el tendido ferroviario y su administración para que el Estado dejará de subsidiar a ramales improductivos. Daño colateral de cuando se necesitaba consolidar el territorio y se autorizaron tendidos a cualquiera que tuviera un peso para construirlos llevaron a que existieran trenes casi en paralelos, del cual todavía sobreviven el trazado de los ferrocarriles Belgrano Norte y Mitre entre Buenos Aires y Rosario. Perón cerró ramales, para la alegría de los menemistas y el espanto de los kirchneristas, y para culminar con su obra de castigo a futuro de las mentes progresistas, rebautizó a los trenes urbanos con los nombres de San Martín y Belgrano, pero también los de Urquiza, Sarmiento, Mitre y Roca. No es poca cosa, dado que más allá del posible análisis de “ni vencedores ni vencidos” casi un siglo después, Perón no ocultaba su admiración por todos aquellos que fueron lo que él también fue: políticos y militares.

Con lo único que podría compararse la obra pública del peronismo es con la del período odiado por los revisionistas modernos: la generación del ‘80. Aquellos años del siglo XIX en los que reinaba el fraude, pero en los que se generaron muchas de las infraestructuras que hoy todavía utilizamos. Y si hay algo que debería dolernos en vez de generar fascinación, es que todavía tengamos un sistema de salud pública, enseñanza gratuita y transporte ferroviario gracias a lo que hicieron personas hace siglo y medio, o hace setenta años. Es el mayor problema que tiene leer a Jauretche sólo en la parte que les conviene: si le pegaran una ojeada al ensayo “Ejército y Nación” quedarían al borde del ACV al ver los halagos que don Arturo le efectúa a Julio Argentino Roca al ponerlo como el Padre del Nación.

Es entendible que hoy se vea al peronismo como sinónimo de punteros y conurbano salvaje. Lamentamos decirles que el clientelismo tiene la patente registrada un par décadas antes y que, al igual que funciona hoy en día, los punteros juegan para el que les garantice la continuidad al señor feudal.

El extremo culto al personalismo, tampoco es copyright de Juan Domingo a nivel nacional, el cual se arrastra desde los tiempos del caudillismo, y a mediados del siglo XX tampoco era algo de producción exclusiva de Argentina: hasta Franklin Delano Roosevelt fue denunciado por cooptar la prensa de los Estados Unidos para mostrar una imagen exagerada y sin falencias de su Gobierno. El supuesto culto al nazismo queda fuera de contexto si tenemos en cuenta que la filial argentina del Partido Nazi llegó a llenar el Luna Park en la década del ‘30 y que tanto Rusia como Estados Unidos hicieron lo mismo que tanto se le críticó al peronismo: repartirse a los nazis que podían servir para algo, aunque se colaran los indeseables. Argentina era un país bastante facho desde tiempos anteriores. Entre lo injustificable aparece la relación de Perón con Joseph Menguele, pero ocurrió en los mismos años en los que recibía a Golda Meir y reconocía al Estado de Israel como un país soberano. Incoherencia o equilibrio político en un mundo que empezaba a partirse en dos.

Las comparaciones entre distintos períodos de la historia no sólo son odiosas, sino que resultan injustas. Tampoco es cuestión de aplicar el peronómetro a la hora de discutir si el kirchnerismo es o no peronista. Está compuesto por progresistas, socialistas y radicales díscolos, pero presidido por una persona que se dice peronista. Tiene tintes peronistas en su comunicación y una forma de mostrar que gestiona que podrían recordar a los primeros años del peronismo, y ese es el mayor problema: cuando se aplican recetas de la década del ´40 para problemas del siglo XXI, sólo puede resultar en cáscaras sin contenido.

El peronismo se debía una actualización doctrinaria, como cualquier partido político longevo. Y decimos “debía” porque es tan tarde que quedó copado por personas que el único argumento que tienen es medir todo lo que hacen en función a lo que habría hecho o hizo un hombre fallecido hace 41 años, o por lo dicho por el mismo hombre en su primer gobierno finalizado hace 60 años, o en base a la cosmovisión del mismo sujeto sin darse cuenta que nació en el siglo XIX.

Mientras tanto, los que no vivimos aquellos años crecimos conociendo al peronismo antes por la tradición oral que por los libros. Depende de quién nos contara el cuento, las caras de alegría o tristeza podían estar al principio o al final de la historia. Lo único cierto es que, más allá de la exasperación frente a aquellos con los que Perón no pudo/no supo/no quiso negociar la convivencia, hubo toda una generación a la que le cambió la vida. Y por derrame, a sus hijos también. Lo que vino después, es material para otro siglo de discusiones que no cambiará nuestro presente.

Reformulemos lo planteado al principio. Discutir al peronismo en el siglo XXI es peor que discutir a Dios: algunos creen que es el único salvador y otros que es Satanás hecho partido político, pero nadie lo niega como ente. Increíblemente, frente al peronismo, nadie es ateo.

Herencia de honor

Publicado octubre 11, 2015 por kalipolis
Categorías: Historia Argentina


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En 1837  Pedro Molina recibió desde Francia un carta que le detallaba: “…Mis hijos llegaron con buena salud a fines de junio pasado, y a los pocos días la mendocina dio a luz a una niña muy robusta: aquí me tiene usted con dos nietecitas cuyas gracias no dejan de contribuir a hacerme más llevaderos mis viejos días… “.

El autor de dicho mensaje era José Francisco de San Martín, la mendocina, su hija Mercedes (a quien solía referirse de esa forma) y la niña robusta, a la que hace referencia el Libertador,  una heroína de la Primera Guerra Mundial: su nieta Josefa Balcarce.

Josefa Dominga nació en Grand Bourg (Francia) un 14 de julio de 1836, para no dejar dudas de que la Revolución corría por sus venas. Se trató de la segunda hija del matrimonio entre Merceditas y Mariano Balcarce.

Su padre, se desempeñó durante el gobierno de Rosas como su representante en Francia y, tras la caída del mismo, prestó dicho servicio a la Buenos Aires rebelde ante Urquiza. Mientras tanto, Mercedes se encargaba del cuidado de las pequeñas y dedicaba sus ratos libres a la pintura.

Esta época fue retratada por Florencio Balcarce (hermano de Mariano) de la siguiente forma: “Tengo el placer de ver la familia un día sí y otro no. Iría todas las semanas si los buques de vapor estuvieran del todo establecidos. El general goza a más no poder de esa vida solitaria y tranquila que tanto ambiciona. Un día lo encuentro haciendo las veces de armero y limpiando las pistolas y escopetas que tiene; otro día es carpintero y siempre pasa así sus ratos en ocupaciones que lo distraen de otros pensamientos y lo hacen gozar de buena salud. Mercedes se pasa la vida lidiando con las dos chiquitas que están cada vez más traviesas. Pepa, sobre todo, anda por todas partes levantando una pierna para hacer lo que llama volantín; todavía no habla más que algunas palabras sueltas; pero entiende muy bien el español y el francés. Merceditas está en la grande empresa de volver a aprender el a b c que tenía olvidado; pero el general siempre repite la observación de que no la ha visto un segundo quieta.”

La revolución de 1848 amenazó la tranquilidad familiar, por lo que decidieron abandonar París y trasladarse a Boulogne Sur Mer. Allí, el 17 de agosto de 1850 perdió su última batalla el Padre de la Patria, dejando huérfana a una importante facción de América del Sur.

Diez años más tarde, un nuevo golpe estremeció a la familia al  fallecer María Mercedes, primogénita de los Balcarce, con solo 27 años. Para entonces, ya se habían mudado al pueblo de Brunoy, en las afueras de la capital francesa, donde Mariano Balcarce adquirió un palacete que había pertenecido a Luis XVIII.

Pocos meses después de la muerte de su hermana, Josefa contrajo matrimonio con el diplomático mexicano Eduardo María de los Dolores Gutiérrez de Estrada y Gómez de la Cortina. Tras el fallecimiento de sus padres (Mercedes en 1875 y Mariano en 1885) Josefa se convirtió en la tutora de los bienes de su abuelo y, luego de un fluido acercamiento epistolar con Mitre, donó al Museo Histórico Nacional gran parte de los bienes del prócer.

Según diversos historiadores, fue una mujer de fuerte personalidad y gran cultura: manejaba los idiomas griego, latín, francés, alemán, inglés, italiano y español.

Tras 43 años de matrimonio, en 1904 la nieta de San Martín enviudó y convirtió el chalet familiar en un albergue para ancianos, cuya huerta sirvió también para alimentar a parte de la población sin recursos de la zona. Para llevar a cabo esto, tomó un curso de enfermería y solicitó la ayuda de las Hermanas de la Caridad; además compró terrenos aledaños atendiendo a las necesidades de sus huéspedes. Mientras tanto, una terrible sombra comenzó a cernirse sobre Europa.

La Primera Guerra Mundial constituyó un escenario en el que la acción de las mujeres se reveló como indispensable, no sólo en los puestos que los soldados dejaron vacantes en la industria, sino también en la sanidad. Así fue como a los 78 años (fiel a su  herencia sanmartiniana) Josefa se convirtió en una mujer de la guerra, transformando su albergue en un hospital de retaguardia. Por este motivo, Francia la condecoró con la Legión de Honor.

Nuestra heroína murió sin descendencia, a los 87 años. Sus restos descansan en el cementerio de Brunoy.

Según el Dr. Amado Oscar Juan,  presidente de la Asociación Cultural Sanmartiniana de Luján de Cuyo, la fundación se mantuvo hasta 1950, sirviendo como refugio a familias judías que perdieron sus hogares durante la Segunda Guerra Mundial.

Publicada en Los Andes – Jueves, 20 de junio de 2013 –

Domingo 20 de mayo 1810: en manos de lo que decida Saavedra

Publicado mayo 20, 2015 por kalipolis
Categorías: Efemérides, Historia Argentina


A pedido del virrey, los jefes militares se presentaron en el Fuerte a últimas horas de la tarde. El coronel Cornelio Saavedra, jefe del Regimiento de Patricios no faltó. Cuando Cisneros reclamó una respuesta a su petición de apoyo, Saavedra le pidió la renuncia. Esgrimió que la Junta que lo había nombrado, debido al accionar de Napoleón, ya no existía. Solamente defendió la posición de Cisneros el síndico procurador del Cabildo, Julián de Leyva. Sin poder militar para oponerse, el virrey autorizó verbalmente (no por escrito) la reunión del cabildo abierto.

Cornelio Saavedra jugó un papel muy importante en el camino hacia la independencia y dista bastante del personaje desfigurado por el revisionismo.

Cornelio Saavedra

Cornelio Saavedra

Sábado 19 de mayo de 1810: el Virrey intenta ganar tiempo…

Publicado mayo 18, 2015 por kalipolis
Categorías: Efemérides, Historia Argentina


Cisneros recibió a Castelli y a Martín Rodríguez, quienes le formularon la petición decidida por todos el 18. Intentaban presionarlo para que la convocatoria fuera realizada al día siguiente.

El virrey no quería llamar a un Cabildo Abierto seguro de que podría resultar en su contra. Necesitaba ganar tiempo, entonces citó a los jefes militares (entre ellos a Saavedra). Se reunirían al día siguiente en el Fuerte, quería saber si lo apoyarían.

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Virrey Cisneros

Virrey Cisneros

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